La peor putada que te puede hacer la vida no es tan sólo la muerte, sino el largo camino que te lleva a ella. La peor putada que te puede hacer el destino es volverte viejo.  Ya no sólo por las arrugas y las canas sino por lo pesado que se vuelve el cuerpo. Cuando tus piernas, tu espalda o tus brazos pueden ser la carga que arrastras cada día sin olvidarte de que un día fueron instrumentos indispensables para tu libertad.

Tu alma se encadena a un cuerpo viejo. Un cuerpo que ya no sirve y al que sin embargo intentas aferrarte con fuerza.  No hay bastón para la vejez, hay cadenas que te sujetan como si fueras un títere, y si ya lo has sido durante toda tu vida por culpa de los sucesivos gobiernos que te llevaron a la decadencia ya no física sino económica pocas fuerzas te quedan para cortar las cadenas que te atan a ese prestidigitador.

Eso es lo que veo cada día. Ancianos abandonados por la sociedad, e incluso a veces por sus familias, que acuden a mi trabajo, muchas veces solos, en busca de la ayuda de esos titiriteros que mueven sus hilos a distancia por miedo a contagiarse de algo de humanidad.

Sigue habiendo muchos hombres y mujeres malas en la historia, sólo que esta historia, la de hoy en día, aún está por escribirse.